El controvertido ‘portero’ icono del levantamiento sirio muere en combate

Un niño observa cómo se pinta un grafiti en homenaje al ex futbolista y miliciano rebelde Abdelbaset Sarut, en la localidad de Binnish (norte de Idlib).OMAR HAJ KADOUR / AFP

Fue una escabechina como pocas se han visto en los últimos meses. Un pelotón de milicianos insurgentes, capitaneados por fuerzas extremistas religiosas, se abalanzó el jueves pasado sobre Tal Malé, una localidad en manos de fuerzas oficialistas situada en el extremo suroccidental de la provincia norteña de Idlib. Aquella incursión, contra unos leales al Gobierno con apoyo aéreo, se saldó con más de cien muertos. Entre ellos Abdelbaset Sarut, que sucumbió a sus heridas poco después en una clínica turca.

Centenares de personas han despedido al miliciano alzado en la localidad fronteriza turca de Reyhanli este domingo. Fue una muestra masiva de apoyo de quien, a pesar de las polémicas que rodean su figura, fue un ídolo para muchos de los opositores al gobierno del presidente Bashar Asad. “Es una tragedia para la rebelión”, manifestaba un disidente en Twitter, calificándolo de “héroe”. Otros, recordando unas amenazas a chiítas y cristianos pronunciadas antaño por el combatiente, de 27 años, lo acusaban de “terrorista”.

Tal disparidad de posturas refleja la evolución que ha experimentado el sangriento conflicto sirio durante más de ocho años. Cuando la ciudad conservadora de Homs se alzó pacíficamente contra la dinastía de los Asad, en marzo de 2011, Abdelbaset Sarut, entonces portero de un equipo de fútbol local, fue uno de los que cogió el megáfono. Sus eslóganes e himnos le valieron el apodo de “bardo de la revolución”. Su protagonismo se confirmó con su rol en el documental Retorno a Homs, del director sirio Talal Derk.

Aquellas primeras protestas callejeras, que se extendieron por todo el país y que tenían un cáliz pacífico, deterioraron paulatinamente, a base de represión gubernamental y explotación extranjera del conflicto, en choques armados. Muchos manifestantes se unieron a los desertores del ejército sirio para intentar tomar el poder por la fuerza. Sarut fue uno de ellos. En este contexto violento el joven, como muchos de su generación, pasó por un proceso de radicalización que, sin embargo, no le retiró el apoyo de las masas.

El combatiente se vio forzado a abandonar su Homs natal en 2014, fruto de un acuerdo con el Gobierno para acabar con el salvaje asedio infligido a la ciudad y tras perder a su padre y cuatro parientes más en los intensos bombardeos que sufrió la urbe. Recaló en la provincia noroccidental de Idlib, hoy el último territorio sirio bajo control opositor, y se unió al Frente de la Misericordia. A esta milicia se le conocen lazos con otras fuerzas extremistas ligadas a Al Qaeda, predominante en la región.

Desde el pasado abril, alegando que la filial local de Al Qaeda no respeta el alto al fuego para el área firmado por Turquía y Rusia a finales de 2018, el bando leal ataca Idlib y el norte de Hama. Más de 300 civiles han muerto desde entonces, mayormente bajo la artillería procedente del aire, y 270.000 personas han huido hacia el norte, pese a que la frontera turca está cerrada. Organizaciones internacionales han alertado del grave riesgo extra que los inocentes corren por la destrucción de instalaciones médicas.

Numerosos brigadistas opositores, entre los que se encontraba Abdelbaset Sarut, trataron de dar la réplica. Según el Observatorio Sirio para los DDHH, unos 215 combatientes de ambos bandos han muerto desde el pasado jueves en enfrentamientos alrededor de las localidades de Yalma, Tal Malé y al Yabín. En este contexto, tres civiles resultaron víctimas mortales de los ataques aéreos y misiles del ejército sirio. Por su parte, la agencia gubernamental SANA denunció un muerto allí a por fuego “terrorista”.

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Los genocidas de Darfur siguen matando sin el dictador depuesto Al Bashir

Miembros de las Fuerzas de Acción Rápida de Sudán, en Jartum. – AFP

Este domingo, primer día de “desobediencia civil” convocada por la oposición democrática al régimen del descabezado Al Bashir, ya van tres muertos, aunque el apagón informativo quizá logre ocultar algunos más. Se trata de una huelga general al que hay que unir barricadas por toda la ciudad para impedir el tráfico. De momento, sólo los bancos estatales y los organismos oficiales están abiertos.

Al cuerpo corrupto le han extirpado el corazón, pero el resto de órganos y miembros siguen estando envenenados. Con la caída del dictador Omar al Bashir, un sátrapa implacable durante décadas con sus opositores –que sigue detenido en algún lugar secreto-, los militares que lo sostenían y que lo tumbaron siguen haciendo lo que han hecho siempre: ejercer el terror con su propia población para seguir gobernando sin que nadie cuestione su poder.

Cuando cayó Bashir, muchos pensaron que la revolución sudanesa se había completado. Los militares, en cambio, montaron una mesa de transición (en la que sólo están ellos) para organizar unas elecciones (también dirigidas por ellos) para buscar un presidente. Los manifestantes de Jartum, que durante meses clamaron en las calles por un país democrático y unos líderes electos, han sufrido algo que sólo habían visto en las noticias de medios internacionales: las matanzas que Bashir había dirigido contra las etnias rivales en Darfur, Kordofán o Nilo Azul se reproducen ahora, de la misma forma, contra los jóvenes de clase media que protagonizan la revolución.

La pasada semana estos militares abrieron fuego contra estudiantes desarmados en las inmediaciones de su cuartel general, donde habían montado un campamento de protesta. Acompañado de la habitual propaganda en este tipo de regímenes represivos, los más de 100 muertos que quedaron desparramados en el asfalto ya no eran manifestantes, sino “peligrosos terroristas” alimentados y financiados “por los enemigos de Sudán”.

Tras esa mesa de golpistas militares encontramos el nombre de un viejo conocido en crímenes de guerra: el general Mohamed Hamdan Dagalo, más conocido como Hemeti, líder de las llamadas Fuerzas de Acción Rápida, es decir, un apodo para las milicias Yanyaweed responsables del genocidio de Darfur. El método es el mismo que en la limpieza étnica, aparecer con sus pick ups artilladas, matar a decenas de personas desarmadas, violar a las mujeres, quemar sus tiendas y negar que eso ha sucedido. Hasta 9.000 soldados de estas unidades están a sus órdenes en la capital de Sudán.

Hemeti no tiene ninguna afiliación con los jóvenes de clase media universitaria que protestan por un Sudán democrático.Él es un hombre nacido en una zona rural con gran experiencia en reprimir opositores. De hecho, era el brazo derecho de Bashir en este tipo de operaciones. Él dirigía la contrainteligencia y era apodado por Bashir El hombre sin clemencia. Amnistía Internacional también recuerda que es un personaje clave en el secuestro y maltrato de inmigrantes somalíes y eritreos que atraviesan el país hacia Libia.

Se le ha visto combatiendo en Yemen junto a las fuerzas apoyadas por Arabia Saudí, financiadoras de su unidad militar, contra las milicias hutíes respaldadas por Irán.

Mientras tanto, las asociaciones de jóvenes que protagonizaban la revolución se sienten traicionadas y faltas de una estrategia diferente para poder luchar no contra Bashir, pero sí contra su Estado corrupto.

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